El periodista y profesor de Historia y Economía Política, Walter Onorato, analiza un documento publicado en 1957 por la revista Qué y recuperado en Juan Domingo Perón – Los vendepatria, que cuestiona el relato de la “herencia recibida” y sostiene que la crisis posterior al golpe de 1955 fue provocada deliberadamente mediante decisiones económicas, subordinación externa y captura del Estado. Desde esa perspectiva histórica, advierte sobre las similitudes con el rumbo económico del actual gobierno de Javier Milei.
LA CRISIS COMO COARTADA
La historia económica argentina arrastra una explicación que reaparece cada vez que se pretende justificar un ajuste: la idea de que el desastre es siempre consecuencia de lo recibido del gobierno anterior. El documento publicado por la revista Qué en 1957 desarma ese argumento y sostiene que la crisis que siguió al derrocamiento de Juan Domingo Perón no fue una herencia inevitable, sino el resultado de decisiones adoptadas por el gobierno de facto surgido del golpe de 1955, en sintonía con intereses económicos externos.
El texto parte de una descripción de la situación argentina al momento del derrocamiento de Perón. Según el documento, el país no tenía deuda externa, había recuperado reservas después de las sequías de 1950 y 1951, mantenía una industria en expansión y había logrado contener la inflación.
Los ejercicios comerciales de 1953 y 1954 habían sido superavitarios, las ventas y el comercio crecían y avanzaban las exploraciones energéticas en Campo Durán. También se comprobaban reservas de hierro y carbón que, según el documento, habían sido largamente negadas. En distintos puntos del país se levantaban fábricas de motores, camiones, automóviles y tractores con respaldo de firmas internacionales, mientras el costo de vida había aumentado apenas un 19% entre 1952 y 1955.
Para el documento, ese escenario no mostraba un país en colapso ni atravesando una emergencia económica o una crisis estructural. Sin embargo, el nuevo poder necesitaba construir un relato que justificara el cambio de rumbo.
EL “DIAGNÓSTICO INTERESADO”
Ese relato tomó forma a través de lo que el texto denomina un “diagnóstico interesado”. Raúl Prebisch, economista de proyección internacional y señalado en el documento por sus antecedentes de afinidad con intereses británicos, instaló la idea de una supuesta “crisis estructural”.
Según el análisis publicado en 1957, el concepto no fue acompañado por una explicación suficiente ni por pruebas concluyentes, pero fue aceptado por un gobierno que necesitaba presentar al período anterior como un fracaso. A partir de esa interpretación comenzó, sostiene el documento, la verdadera destrucción económica.
Otro de los pilares del nuevo rumbo fue la subestimación de la capacidad nacional. Técnicos argentinos fueron desplazados y reemplazados por asesores extranjeros para abordar cuestiones que, según el texto, el país ya estaba en condiciones de resolver con sus propios recursos y profesionales.
Para comprobar la existencia de petróleo, carbón, estadísticas laborales o planes económicos integrales se recurrió a funcionarios de organismos internacionales. El documento considera que esa dependencia técnica significó una pérdida de autonomía que preparó el terreno para una dependencia económica todavía mayor.
LA CAPTURA DEL ESTADO
El documento pone especial énfasis en la composición del gabinete posterior al golpe. En lugar de referirse únicamente a políticas económicas, enumera nombres y los vincula con grandes grupos económicos, consorcios extranjeros y empresas relacionadas con el poder financiero internacional.
Abogados, asesores y representantes de firmas como Bunge & Born, Bemberg, Standard Oil y Texas Oil, además de bancos extranjeros y compañías de servicios públicos, ocuparon ministerios estratégicos y áreas centrales del Estado.
La conclusión planteada por el texto es que no se trató de una casualidad ni de una necesidad meramente técnica, sino de una decisión política: colocar la conducción económica en manos de sectores con intereses directos vinculados al capital externo y a la desarticulación de la estructura productiva nacional.
Con un gabinete de esas características, sostiene el documento, resultaba difícil desarrollar una política de recuperación nacional, industrialización o defensa del mercado interno. El Estado dejó de actuar como herramienta de planificación y pasó a funcionar como espacio de mediación de negocios privados.
El rumbo económico se caracterizó entonces por fórmulas contradictorias, cambios permanentes y abandono de planes antes de su consolidación. Se pasó del dirigismo al liberalismo y luego a esquemas híbridos que, según el análisis, acumularon las desventajas de cada modelo sin aprovechar sus virtudes.
EL RESULTADO DEL AJUSTE
El documento sostiene que las consecuencias fueron previsibles. La liberalización selectiva benefició a una minoría concentrada mientras la planificación industrial se paralizaba, las obras estratégicas se demoraban, el endeudamiento externo comenzaba a crecer y la economía real retrocedía.
Un dato resulta central: la renta nacional por habitante, que había crecido sostenidamente entre 1953 y 1955, cayó un 0,4% en 1956. El texto remarca que no existieron sequías, catástrofes naturales ni factores externos que permitieran explicar ese retroceso. La causa, según el documento, fue la política económica aplicada.
Así, la supuesta solución a una crisis que el nuevo poder había presentado como estructural terminó generando las condiciones para una caída efectiva de la actividad económica.
El documento concluye que la crisis posterior al golpe de 1955 no fue heredada sino creada.
El endeudamiento, la paralización industrial, la ruptura de vínculos comerciales que protegían la economía nacional, el uso improductivo de divisas y el empobrecimiento general aparecen como consecuencias de un programa económico orientado hacia intereses ajenos al desarrollo nacional.
UN ESPEJO SOBRE EL PRESENTE
Setenta años después, Walter Onorato propone leer aquel documento histórico como un espejo de la Argentina actual. Desde su análisis, encuentra similitudes entre aquel proceso y el rumbo adoptado por el gobierno de Javier Milei.
La apelación a la “herencia recibida”, la referencia a una supuesta crisis estructural, el cuestionamiento de la planificación estatal y la entrega de áreas estratégicas a técnicos formados en la ortodoxia financiera internacional aparecen, desde esta perspectiva, como elementos de un mismo libreto económico.
La comparación también alcanza al papel del Estado. El texto histórico cuestionaba la transformación del aparato estatal en un espacio subordinado a intereses privados y externos. En la lectura de Onorato, esa advertencia mantiene vigencia frente a un modelo que presenta el ajuste como una salida inevitable y reduce la intervención estatal en áreas estratégicas.
El paralelismo planteado no pretende desconocer las diferencias entre ambas épocas, sino recuperar una enseñanza histórica: las crisis económicas no son fenómenos inevitables que simplemente “ocurren”. Las decisiones políticas y económicas pueden profundizarlas, administrarlas o incluso provocarlas.
El documento de 1957, leído desde el presente, cuestiona así una de las principales justificaciones utilizadas históricamente para implementar políticas de ajuste: la necesidad de corregir una crisis supuestamente heredada.
La experiencia analizada sostiene, por el contrario, que un gobierno puede utilizar el diagnóstico de crisis como fundamento para aplicar un programa que modifique la estructura económica, debilite el mercado interno, aumente el endeudamiento y transfiera recursos hacia determinados sectores.
La enseñanza que deja esta mirada histórica es contundente: las crisis no caen del cielo, se construyen. Y cuando las mismas explicaciones reaparecen décadas después para justificar políticas similares, revisar la historia se convierte también en una herramienta para comprender el presente.
Documento: Juan Domingo Perón – Los vendepatria, Revista Qué, Nº 147, 10 de septiembre de 1957.













